Visto en la tele

* Atención puede herir sensibilidades cándidas. +18 años *

…mientras libaba el fime bálano suavemente ora arriba, ora abajo, le vinieron unas ganas súbitas de trasegar más allá y probar al completo al dios príapo. Siendo menesterosa en su quehacer, recibía el beneplácito de su bisoño compañero con los pescozones que arritmicamente propinaba en las posaderas de nuestra aplicada mamadora de grandes mamas.

Súbitamente y provocando gran pasmo entre los dos amancebados, se abre la puerta de la cochambrosa alcoba con cuadros de bazar oriental y se persona el cónyuge de la aplicada libadora de falos de egregio busto. Tras la bramada de cuatro bravuconadas por parte del nuevo personaje, la fémina, enardecida en exceso por la actividad precedente a la interrupción de su contrario, hace una propuesta a los dos varones. Ya que dar achares a uno de sus dos convidados a la cuchipanda iba a hacer decaer la fiesta, sugirió que el exento de caricias orales fuese vagón de cola del trenecito del que ella misma sería succionadora locomotora.

Diligentemente y haciendo uso de su supremacía temporal conseguida con su abrupta entrada en el aposento, el marido de la libidinosa mujer requiere ser coche de cola en el improvisado convoy de carne dentro de carne. El otro individuo con una mezcla de resignación y humillación accede a la petición e inmediatamente se ve atrapado en un movimiento rítmico que sólo le proporciona dicha cuando su pelvis se acerca a las tragaderas de la lujuriosa dama y se aleja de la verga del consorte bravucón.

A continuación, dedo en botón y a otro canal. Y es que el cable es lo que tiene; ves desde documentales hasta alcaldes graciosetes. áAh! sí, y porno, claro. Esa es la movida. El cable enriquece. ¿Alguien lo duda?

La tele no es cultura, pero ¿la cultura es tele?

Banda sonora:
El emérito Julián Hernández en un disco sobre los 7 pecados capitales. Aquí la letra, para los que la sigan al pie.
De la serie Espertpénti.K «Visto en…«. Capítulos siguientes: [II]

Olor a orín

En un intervalo corto de tiempo he coincidido con un señor de avanzada edad, con cojera renqueante, nada estilosa, como es la de House, y con un pegajoso olor a orín.

La primera vez, fue de espaldas y en el supermercado como inmediato cliente anterior a mí en la cola de la caja. Con respiraciones sonoras, metía torpemente en bolsas bricks de vino y latas de refresco de cola. Hábilmente, una vez abonada mi compra, me adelanté a él inhalando en profundidad su ácido aroma a orina. Repulsión y condescendencia fueron los sentimientos con los que salí del súper además de la sensación de oler yo mismo a orín. Sensación que me acompañó hasta la puerta de mi humilde morada.

Unos pocos días después, en una de esas visitas que todo hijo debemos a nuestros padres, coincidimos a la entrada del portal. Era reconocible a distancia por sus renqueantes movimientos al intentar abrir la puerta y por su característico olor. Iba a resultar que el señor del olor a orín era vecino de mis padres. «Tan lejos, tan cerca…». Sostuve la puerta desde desde detrás notando más profundamente su hedor. Como ya hiciera en el supermercado, me adelanté a él tras cerrar la puerta del portal sintiendo de nuevo el ya, a esas alturas, familiar olor pegado a mi cuerpo y a mi pituitaria.

*El Callejón del Pis, entre Laín Calvo y Huerto del Rey, Burgos D.F.

Tras subir los escalones que conducían a los ascensores, llegó la sorpresa. Al verlo de frente, mientras esperaba aguantando la puerta del ascensor, observé su ropa limpia (mejor planchada que la mía) y con buen gusto dentro de la moda para caballeros de cierta edad. Pero, lo que completó el desconcierto fue cuando habló y dijo algo del mal tiempo, influído sin duda por el ascensor con su puerta abierta, siempre deseoso de ser escenario de las conversaciones que llevan su apellido. Detuvo incluso su pesado andar y se apoyó sobre su bastón con solemnidad al comenzar a hablar. Su voz era clara y su mirada inteligente. Nada correspondía con la idea que comunicaba su olor a meados que aumentaba a cada paso que daba hacia mí. Fue una chispa de dignidad, como señor que era (y es, supongo). Chispa al fin, porque su olor nublaba al instante cualquier percepción benévola sobre su persona.

Compartí, hasta el segundo piso, el cubículo del ascensor y me empapé de su esencia úrea. Salió, renqueando de nuevo, a la oscuridad de detrás de la puerta del ascensor, que lo absorvió al instante. No se despidió, supongo que por mi inexistente réplica en la conversación de ascensor sobre el clima. Se fue, pero quedó su entidad. La esencia que perciben los que se cruzan con él. Hasta el sexto piso conviví con la condescendencia y repulsión que ya había sentido antes, pero ahora había una nueva invitada: la desazón. Aunque tampoco duró mucho, la verdad. El hedor no dejaba espacio a la lucidez.

En conclusión, siempre seremos lo que parecemos y, sólo a ratos, conseguiremos ser nosotros mismos.

Banda Sonora recomendada:

  • «Pelo de perro» x La Vacazul – «Pelo de perro» (1998).

*La fotografía que ilustra este texto es del callejón que comunica la Plaza Huerto del Rey con la Calle Laín Calvo en la ciudad bravía de Burgos. Es conocido en ciertos círculos como «El Callejón del Pis«, por ser el lugar donde los incontinenetes de sábado por la noche evacúan su orina. Característico por su penetrante olor los fines de semana.

Fragmentos de terrazas II

Pose ignorada

– Tú no miras a los ojos – dice la chica retadoramente mientras da vueltas a un café con leche casi extinto.
– No es eso. – dice el chico bajando la cabeza y algo nervioso – Es que no puedo hacerlo.
– ¡Anda ya! – dice la chica reclinándose en la silla y al instante cambia su gesto por una mueca de extrañeza.
– Es que… no te lo puedo contar… – el chico duda y levanta la mirada aguantando sólo un instante la mirada de la chica – Es que hace años me operaron de este ojo. – y señala su ojo izquierdo.
– Vamos, Luis. ¡Por favor! – suelta exasperada la chica.
– Noo. Que es en serio. – dice el chico algo nervioso intentando apaciguar a la chica – Que si miro fijamente durante mucho rato seguido se me va este ojo. – añade señalando su ojo izquierdo – No me gusta nada cuando me pasa eso.

Surge un incómodo silencio durante el cual la chica intenta ver si el mencionado ojo tiene algo extraño y el chico evita a toda costa cruzar su mirada con la de la chica.
Bah, de eso ni te das cuenta. – dice la chica quitando hierro al asunto – Eso es porque tú lo dices.
– Que no tía. – replica algo ofendido el chico – Que me lo dicen mis amigos. «Que me mires cuando me hablas» me dicen. – añade bajando cada vez más la voz – Se me pone todo bizco…

La chica continúa con la mirada clavada en los ojos huidizos del chico durante un momento. Resuelta y algo harta dice su última palabra.
– Eso es que tus colegas son unos cabrones.

Banda Sonora recomendada:
No mires a los ojos de la gente x Golpes bajos Golpes Bajos (1983).

Más » Fragmentos de terrazas I, Fragmentos de terrazas II

Fragmentos de calorcito y terrrazas para días en los que parece que nunca amanece.

De perdidos, échense a dormir

Échense a perder. Decidan con tino cuando dar el gran paso. Cualquiera no es el mejor momento. Tengan en cuenta que es mejor hacerlo bien porque ya se sabe que hacer mal las cosas es hacerlas dos veces y echarse a perder dos veces es sacar de donde no hay.

Cada cual tiene su momento para tirarse por la borda: la pubertad, la adolescencia, la juventud, los veintitodos, la crisis de los 40, la meno-pito-pausia, la tercera edad o la era de los gusanos. Todos deberíamos echarnos a perder en la era de los gusanos, que es lo que Dios manda. Pero, hay una aldea global de irreductibles humanos que se echan a perder antes de su tiempo (no confundir con los balaperdidas ni las perdidas, tan solicitadas por el sexo masculino).

Orientando a los perdidos

Llegar a ser lo que cada cual quiere ser o, por lo menos, no dejar de intentarlo mientras le quede vida y algún bar por cerrar ha de ser una labor constante. Aunque a veces, el sueño de una vida propia crea monstruos que austan a los que nos rodean. ¿Qué hacer, entonces? A estas alturas y con todo el pescao vendido sólo quedan dos opciones:

  1. Decir eso de que «el resto del mundo es el que está loco, no yo. Todos me odian, doctor
  2. Olvidarse de todo lo que hemos sido hasta ese momento en el que los demás empiezan a ponernos caras raras. Es decir: echarse a perder.

Echarse a perder es dejarse llevar y dejarse llevar es como dormir y soñar. No es necesario demasiado esfuerzo y suele ser agradable. ¿Alguien realmente quiere vivir sin el Fubbol, el Gran Hermano, los 40 Principales, la Televisión de Plasma, el iPod, los Muebles del Ikea, un Piso en Propiedad (del banco) y un Coche Nuevo Japonés-Chino-Koreano? áJo! la decisión está clara. Échense a perder, ya están tardando. Además, para toda la vida, sin necesidad de buscar ni encontrarse a si mismos y sin más problemas que los de todo el mundo.

Pero, si usted no es de los que ven las cosas de para-toda-la-vida muy claras, ya tiene una edad y a veces duda de su decisión de haberse echado a perder, siempre podrá llorar agarrado a su almohada y sentirse mejor después de secarse las lágrimas por la añoranza de la vida que tan bien se había construído y que de repente abandonó. Se asegurará una temporada de mejor dormir. Además, siempre están las drogas, legales, claro.

Y eso sí, nunca, nunca se estrellen con un avión en una isla perdida porque nunca podrán cumplir el dogma universal «de perdidos, al río». Como mucho, saldrán en la tele.

Banda Sonora recomendada:

  • Que me quiten lo bailao x Los Feliz «Aleluya» (1998).
    http://www.seriezeta.com/k/recursos/musique/los_feliz.lo_bailao.mp3

Fragmentos de terrazas I

Las palomas, las muy perras, se posan encima de las mesas de la terraza del bar. Una me mira inquisitiva como preguntándome «¿Qué coño haces aquí? ¿Quién te ha invitado?». Es cierto, ella estaba antes que yo y además la camarera no la espanta. También tendrá miedo de su mirada.

Yendo en paz

A dos mesas de distancia, un señor se sienta en la silla que hacía un rato había abandonado. La extraña señora de pelo excesivamente rojo vuelve a estar acompañada. El recién llegado comenta a su señora de pelo excesivamente rojo que «este sitio está muy bien» y que gracias a esta rezumante bondad del bar lo ha hecho a gusto. Momentos antes, tras pedir una «jeinéquen» a la amable camarera, confesaba a su señora de pelo excesivamente rojo que según le trajesen la cerveza se iba a ir a cagar.

Banda Sonora recomendada:
Silence (in this area) x Marlango «The electrical morning» (2007).

Más » Fragmentos de terrazas I, Fragmentos de terrazas II

Fragmentos de calorcito y terrrazas para días en los que parece que nunca amanece. Dedicado a todos los que se vuelven grises con la luz gris de este otoño invernal en domingos que no son ni domingos ni lunes.

Vértigo (Entre los cadáveres)

En estas fechas tan señaladas en el calendario con números rojos para que los más creativos construyan puentes, no queda sino que acordarnos de los cadáveres. No de los difuntos, ni de los fallecidos, ni de tus muertos tan siquiera. Hay que acordarse de ellos, de los cadáveres que nos rodean.

Dicen que hay gente que se mueve entre muertos. Vivos (que no listos) que se dan cuenta de repente de que están rodeados de cadáveres. Para más INRI, resulta que les hablan, pero se les entiende a medias. Están como recien levantados, diciendo lo primero que se les viene a la cabeza, balbuceando y repitiendo las cosas que sabían hasta que un día, por desidia, se cavaron su propia tumba y se echaron a morir. Con vívida lividez campan a sus anchas por las calles; conducen coches, van a trabajar, compran casas y caminan presurosos disimulando su cadavérica esencia. Los vivos tienen dudas porque a veces, quizá demasiadas, se sorprenden contemplándose al espejo con la misma mirada vacía con la que miran los cadáveres que se cruzan en su camino. Es entonces, en ese instante, cuando surge el vértigo del vivo que duda sobre su existencia. Algo huele mal en Dinamarca

Dime, dime, calavera ¿Qué me espera esta noche?..

También, el vértigo llega cuando no hay espejo. El vivito y coleante se siente como en un páramo de masa terrosa o embarrada (según gustos y colores) rodeado por todas partes de cadáveres que no cejan en su empeño de repetir metódicamente los actos y rituales que les hacen sentir menos muertos. Tientan e incitan al vivo a que les acompañe. Que no sea tan raro, que ser cadáver les sienta tan bien… En suma, el vértigo de los vivos ante los cadáveres es fundamentalmente miedo a ser un cadáver y no darse cuenta.

Luego están los que resucitan de su cadaveréz. Normalmente más que vértigo, sienten miedo y cierta pesadez porque sus anteriores compañeros de cadaveradas se les echan a la espalda. Desde su posición de mochila-fiambre, indican al nuevo vivo que o bien, les lleve a otro lado (que lo haga por todos los años que llevan compartiendo tumba) o que no les abandone. Pocos sobreviven a estar vivos en estas circunstancias. Sólo los más fuertes son capaces de zafarse de los asombrosamente recios brazos de los cadáveres.

Ser cadáver o ser vivo. Esa es la cuestión.

Banda Sonora recomendada:

  • «Monstruos» x Siniestro ToTal – Popular Democrático y Científico.
  • «La otra orilla» x Los Enemigos – La Cuenta Atrás

Estamous trabajandou en ellou…

Salud y trabajo, trabajo y vivir. ¿Vivimos para trabajar o trabajamos para vivir? ¿Alguna vez han sido lo mismo vividor y trabajador?
Habrá que irse a vivir al sur si tenemos que ganarnos la vida con el sudor de nuestra frente o tener una sauna en casa o ir con un neopreno de cuerpo presente por la calle en agosto a las 4 de la tarde. Cualquier cosa antes que trabajar.

áTranquilos todos! Seguimos vivos. No van a poder con nosotros. El estrés es un invento para justificar tu sueldo. Asalariados del mundo, dispersaos y escondeos, que no os encuentre el trabajo.

Sólo nos quedará la música:

«Entras» – PequeRelato I

Entras rompiendo baldosas con tus nuevos tacones. Así, desde arrriba, el gesto altivo te queda como más alto.
¿ con tacones? Ah, vale. Es que has ido a la pelu.
¿Te has fijado tú en que tengo gafas nuevas?
Seguro que sí. Vigilarnos mutuamente, es lo único que sabemos hacer desde hace tiempo el uno con el otro.

Maria Pita Pita Del...

Banda Sonora recomendada:

  • Regreso al sexo químicamente puro x Ilegales «El día que cumplimos 20 años» (2002).
    http://www.seriezeta.com/k/recursos/musique/ilegales_20an_sexo.quimicamente.puro.mp3

Dedicado a María Pita por decir lo de «Quien tenga honra, que me siga», a todos los que intentan conservar su dignidad, en particular la canción a Herenvardo y la foto a uno que seguro le suena de algo: duados76.

Bodysnatchers domésticos

Le pasó el otro día. Lo estaba observando desde la cocina sin querer. Sólo había ido a por un poco de leche al frigorífico para hacerse un descafeinado después de haber fregado la cena. Miró hacia el salón y de repente se preguntó «¿Quién es ése?». No podía dejar de mirarlo. Parecía tan viejo. Bueno, tan viejo no; tan diferente. Intentaba recordar su voz, pero se le hacía extraña. Como si no correspondiese a ese cuerpo que veía entre penumbras desde la cocina. Si justo en ese momento hubiese hablado pidiendo que le acercase una cerveza o unas galletas con su voz, con la voz que realmente debería pertenecer a ese cuerpo, se habría derrumbado en el suelo de la cocina. Le temblaban las piernas. Se dio cuenta de que no podía mover los brazos. Se imaginó desde fuera. La puerta del frigorífico abierta, una mueca extraña en la cara, una mirada congelada en los ojos, un brick de semidesnatada en la derecha y una taza granate con dos ojos y una sonrisa en la zurda. Impertérrita, estática, sin ir ni venir. El motor del refrigerador se acabada de poner en marcha para recuperar la temperatura.

Casi le dolió doblar sus articulaciones, girar el cuello y ayudarse de la mirada para servirse ese poquito de leche. Tuvo que esforzarse en no volver a mirar hacia el salón. El sonido de palabras initeligibles de la televisión, atenuado por las paredes del piso, era un canto de sirena. Era la presencia de ese extraño que acababa de descubrir a pocos metros de ella. Tuvo que volver a mirarlo mientras cerraba la puerta del frigorífico. Ya no sentía pánico. Imaginó que suspiraba, pero no lo hizo. Su cuerpo aún no se había dado cuenta de que el pánico había pasado y ya sólo quedaba vibrante desasosiego.

Otro cigarrillo. Desde el salón llegó el olor del tabaco que se intensificó y volvió más desagradable por la humedad de la cocina recién fregada. Luego volvería a pasar la fregona. Total, sólo había pisado con las zapatillas de felpa. Estaba de espaldas a la puerta de la cocina mientras miraba sin ver como la sonriente taza con ese poquito de leche giraba en el microondas. Su atención estaba a su espalda. Hipersensible a cualquier cambio de temperatura en el ambiente o a cualquier microcorriente de aire. Se sentía tan expuesta como un mafioso sentado de espaldas a la puerta principal de un restaurante. ¿Cuándo oíria a la Tommy? ¿En la primera ráfaga o no oiría nada en absoluto?. Lo que no oía era la campanilla del microondas. La luz seguía encendida y la taza girando y girando como una cosa tonta. Por imitacion incosciente, giró su cuello a izquierda y derecha notando algún ‘clack‘ en las cervicales. Con disimulo, como si de una espía se tratase, oteó de soslayo la puerta de la cocina. Seguía sonando la tele. La tele es el silencio del siglo XX. Una casa tranquila es una casa con la tele encendida. Una casa triste es una casa sin tele. áTING! áDios, qué susto! Se tapó la boca. Creía haber emitido un gritito.

Mujer en proceso de

Según caminaba por el pasillo que comunicaba el salón y la cocina, se confirmaba su primera y desasogante impresión. «¿Será la luz? ¿Quién es él?» Parecía imposible. Según se apoyó en el marco de la puerta del salón se imaginó a sí misma como en una película. Ahí, en medio del contraluz que la oscuridad del salón y la luminosidad de los halógenos del pasillo creaban. En bata, con la cadera ladeada, sólo un pie apoyado y los brazos cruzados mientras sostenía la taza de descafeinado caliente. Una postura condescendiente con él. Pose de mujer fatal del cine negro. Pose, nada más que pose. La ansiedad le iba comiendo por dentro cada vez que pensaba «y ahora ¿qué?». Sentarse a su lado en el sofá. ¿Quién era?. Compartir cama, despertarse, ¿tocarse? ¿por qué? ¿cuánto tiempo llevaba así, sin darse cuenta?

Sintió un escalofrío cuando se sentó a su lado en el sofá y un flasazo de pánico volvió cuando él le dedicó una distraída y afectuosa sonrisa antes de volver a centrar su atención en la tele. No recuerda que ponían, pero recuerda que esa noche fue la de los ojos como platos y el cuerpo entumecido al lado de él. También recuerda haber tenido antojo de vainas durante la cena y que sus acciones desde aquel día se volvieron casi automáticas, robóticas y faltas de voluntad.

Proyección recomendada: The Invasion of the Body Snatchers – 1956